Una vez atravesado el nártex de una bóveda baja un poco abrumadora, el visitante percibe la esbeltez audaz del edifico, este verdadero surgimiento de la nave central que acentúa todavía más su estrechez. Entonces, analizando esta arquitectura tan propicia para la piedra, descubre rápidamente que se expresa en las formas más simples posibles.: el medio punto para los arcos, líneas verticales para los soportes sin ningún ornamento para atenuar el rigor y la severidad, fuera de los capiteles.
En la intersección del crucero, se yerguen cuatro fuertes pilares hasta los arcos que sostienen, por encima del vacío, el bastidor octogonal de la cúpula. Más allá, el santuario propiamente dicho comprende un tramo derecho prolongando en elevación la disposición de la nave, y después, la herradura del coro coronada con una bóveda de media naranja alargada.
Alrededor del santuario, las magníficas rejas románicas, hechas de volutas de hierro forjado y terminadas a casi tres metros de altura con puntas afiladas, aseguraban la protección de las reliquias contra todas las envidias. Detrás de ellas, los peregrinos se encontraban confinados en el deambulatorio donde disponían de bancos de piedra para descansar del agotamiento de la gran ruta. Hay que destacar la división del deambulatorio en siete tramos; esta cifra simbólica, ya encontrada en las arcadas del coro y en las capillas orientales, parece caracterizar las partes « giratorias » de la abadía. ¿Es simple coincidencia?
Las tribunas ofrecen unas vistas desde lo alto de un efecto sorprendente. Su función es más arquitectónica que funcional ya que aseguran, en efecto, la estabilidad del conjunto del monumento. Por encima de las naves adyacentes, sus bóvedas de medio punto vienen a añadirse al nacimiento mismo del gran cañón de la nave central y en cada lado de los cruceros en el lugar donde los accesos son más fuertes. Sorprende sobre todo la longitud, jugando el mismo papel que los arbotantes góticos, pero de forma continuada. Este sistema coherente, aparecido casi simultáneamente en Conques, San Sernin de Toulouse y Santiago de Compostela, favoreció a la vez el desarrollo de la nave en altura y el aligeramiento de sus muros laterales. En efecto, las tribunas son ampliamente abiertas gracias a una serie de baquetones agrupados por pares e insertados en un arco de descarga.
A esta unidad y funcionalidad de las líneas arquitectónicas del edificio, corresponden la variedad y la riqueza de la decoración esculpida, tanto a nivel de fascinantes capiteles románicos que testimonian el talento e inspiración de los escultores de la Edad Media como del extraordinario tímpano del Juicio final, una obra maestra absoluta del arte del s. XII.