"Raro" y "destacable", "espléndido" y "maravilloso", "sorprendente", "fascinante", "misterioso", incluso "enigmático", y para terminar "único". Seguramente el entusiasmo universal de los escritos sobre el Tesoro compone, a lo largo del tiempo, esta letanía de admiración.
Compuesto de numerosos relicarios, donde se encuentra en primera línea la celebérrima Majestad de la Santa Foy (Fe), único ejemplo conservado de estatua-relicario tallada alrededor del año mil; el tesoro de Conques es uno de los cinco grandes tesoros europeos de orfebrería medieval y el único en Francia que agrupa tantos objetos de la Alta Edad Media. Devuelve al culto y a la devoción de las reliquias, estos preciosos cuerpos de santos y origen del desarrollo y la prosperidad de la abadía medieval. Cada santuario podía acoger a multitud de peregrinos que, en un fervor compartido, esperaba obtener tanto los beneficios sobre la tierra como la recompensa celeste. La permanencia y continuidad del fenómeno, todavía en nuestros días, hace que el Tesoro conserve, en parte, esta función.
La palabra "Tesoro" no evoca solamente la riqueza material y artística de los revestimientos de oro y plata dorada adornados con filigranas, de piedras grabadas antiguas, de piedras talladas, de perlas o de esmaltes. Certifica sobre todo la importancia religiosa concedida al contenido de estos cofres de madera preciosamente decorados.
A lo largo de la Revolución francesa, el tesoro de Conques podría haber sido confiscado, como la mayor parte de los otros tesoros de la iglesia, y sus diferentes piezas, fundidas. Era necesario, en efecto, dinero para dirigir la guerra y salvar la "patria en peligro". Gracias al coraje y a la astucia de los habitantes que escondieron los relicarios en sus casas y sus jardines y después los restituyeron, pudo ser preservado este inestimable patrimonio.
Siempre destinados al culto, incluso después de que pasaran a ser propiedad de la comunidad de Conques en 1905, estos objetos participan regularmente de la liturgia católica. No son piezas de museo, incluso si su clasificación, desde 1895, entre los Monumentos históricos, pone en evidencia, para todos los ciudadanos, su gran valor patrimonial y justifica las disposiciones tomadas para facilitar el acceso a la mayor cantidad de público posible.
Conservado en la abadía hasta 1875, el tesoro es instalado en 1911 en el actual local construido para acogerlo en el ala sur del claustro. La exposición es totalmente revisada entre 1953 - 1955. La renovación del 2002 ha respetado la organización general de seis armarios acristalados que materializan la historia de la abadía, reagrupando los objetos de forma cronológica y temática.
La Majestad de Santa Foy, sentada en un trono y coronada, es presentada en una rotonda, que recuerda por su forma, tanto el templo pagano como el ábside de una iglesia. Elevada con algunos peldaños en el interior, este espacio es concebido como una especie de "sala del trono", cubierto con una cortina de terciopelo de un rojo profundo que evoca la sangre de la mártir y el triunfo de la fe.
Esta obra, datada en los siglos IX y X, de un interés histórico y artístico excepcional, acoge una inaudita reliquia: la parte alta del cráneo de Santa Foy, una joven cristiana agenesa martirizada en el 303 y cuyos huesos fueron objetos de una "transferencia furtiva" hasta Conques en el 866.
Estatua sorprendente desde todos los puntos de vista (antigüedad, fabricación, estilística, simbolismo), la Majestad de Santa Foy ha suscitado debates entre los teólogos y los historiadores. Su plástica sorprende: el cuerpo desproporcionado (cabeza, brazos y pies sobredimensionados), la expresión fuerte y altiva de la cara (grandes ojos de cristal azul oscuro, barbilla elevada), el brillo del oro, de las pedrerías y de los esmaltes, dan un sentimiento extraño que ha llevado a calificar, muy a menudo, de ídolo esta reliquia, que es en realidad un icono; es decir, la figura de una santa en la gloria del cielo. Brillante espejo de la luz divina, la cara dirigida hacia el Altísimo, Santa Foy, triunfante de la muerte, intercede por los peregrinos que la rezan. Así es, desde siempre, la doctrina católica del culto a las imágenes y las reliquias.
Groseramente tallada en la madera de tejo, la estatua se para en el cuello, simple cilindro sobre el cual se ajusta la cabeza cincelada en oro, cortada sobre un busto antiguo (s. IV-V). El revestimiento de oro estampado de florecillas (s.IX) ha sido embellecido durante siglos con composiciones de orfebrería; las más antiguas son las bandas en los bordes del cuello, de las mangas y del bajo del vestido (s. X). Se componen de numerosos entalles antiguos con motivos paganos. La corona esta orneada de esmaltes engarzados en oro (s. X); El trono de plata dorado lleva las mismas bandas de orfebrería pre-románicas, pero las bolas de cristal de roca son góticas. Los brazos y las manos han sido rehechos en el siglo XVI y se ignora el gesto que tenían originalmente.
La Crónica de Conques, redactada en la época de la confección de este relicario, señala una tradición según la cual Carlomagno, fundador de una veintena de abadías, había enviado a cada una de ellas un relicario adoptando la forma de las letras del alfabeto. La A fue enviada a Conques, el "primero de estos monasterios". En efecto, esta pieza de orfebrería data de la iglesia abacial de Begon III (1087-1107), como así lo atestigua una inscripción latina en el canto de una jamba. Con esta realización, este prelado, habría contribuido a recordar una tradición antigua. En la otra cara podemos admirar una magnífica joya compuesta de filigranas y de engastes finamente decorados y esmaltados, dispuestos en círculo alrededor de una talla de cornalina representando una Victoria alada escribiendo sobre un escudo.
Reformada varias veces, este pequeño relicario une elementos del s. IX al XI, con añadidos hechos en los siglos XII, XIII y XVI. Entre los vestigios más preciosos, podemos destacar los esmaltes translúcidos, rojos o verdes, sobre fondo de oro (plaquetas redondeadas, en la cara o en el dorso), de la época carolingia; en el dorso, otros esmaltes, azules, blancos, rojos, son opacos y engastados en alas de pájaros; son datados en el siglo XI. Debemos reseñar la abundancia de filigranas y el montaje de las bandas de gemas, en las arquerías, así como el reempleo de un entalle sobre cornalina representando a Apolo (en el dorso).
Una larga inscripción grabada sobre plata y realzada de níquel, puesta sobre una placa de pórfido, indica la fecha precisa (26 de junio de 1100) en la cual Pons, obispo de Barbastro (España), donó este altar al abad Begon III. En el interior fueron colocadas reliquias de la cruz de Cristo y de su tumba. En los lados están esculpidos en relieve, el Cristo, la Virgen, Santa Foy y diecinueves santos, apóstoles, evangelistas o primeros mártires.
Este objeto no lleva el nombre de Begon, pero se le atribuye a su taller (hacia 1100). Se trata muy probablemente de una bandeja evangélica que Begon III hizo construir para Conques, transformada más tarde en altar portátil (placa de alabastro y banda de orfebrería cincelada, del s. XIV). Está adornado con diez figuras en medallones de esmalte engarzados en cobre, según una técnica original y nueva de recorte de las placas puestas una sobre la otra; el estilo de las caras y de las aureolas es muy próximo al arte aquitano del siglo XI.
La inscripción latina en letras grandes visible en la base del techo de este pequeño edificio (no es un « farol »), cita al abad Begon III como comanditario de la obra. Con forma de tumba antigua, este relicario está decorado con medallones iluminados que exaltan el triunfo del Cristo sobre el Mal y la Muerte (Majestades divinas). El más bonito es el de Sansón vencedor del león; es también el más reciente (2° mitad del siglo XII).
La inscripción de la base indica a la vez el comanditario -el abad Begon III- y el donador de las reliquias del Cristo y de los santos, el papa Pascal II, que las envió de Roma en 1100. Una vez extraídos los elementos de otras épocas, la bella escena de la crucifixión atestigua el alto nivel artístico alcanzado por el taller de orfebrería de Conques.
Descubierto en 1875 durante la demolición del muro edificado a finales del siglo XVI entre columnas de la girola del coro de la iglesia abacial, fue restaurado en 1878 por el orfebre Poussielgue-Rusand que rehizo algunos medallones que faltaban.
De madera recubierto de cuero tachonado (con clavos) de plata, adornado con treinta y un medallones esmaltados, está datado en la época del abad Boniface (hacia 1110-1130) por una inscripción grabada sobre el canto de un medallón y contiene numerosos huesos del cuerpo de Santa Foy. La decoración de grifos y de pájaros es absolutamente notable, así como la técnica empleada, la del esmalte "champlevé"* sobre cobre dorado. Esta obra es de una gran importancia para la historia del esmaltado medieval, permitiendo datar y localizar el paso de la técnica del enclaustrado al "champlevé"*.
* champlevé = sobre un fondo de metal, son escabados alveolos según los motivos ; el polvo del esmalte es depositado después.
Presenta elementos de periodos diferentes (siglos VII-XII). Destacamos los rectángulos de orfebrería enmarcados merovingios, a los lados de la joya central bordeada con un círculo separador de la misma época. Alrededor, las placas de plata niquelada están datadas a finales del siglo VIII o principios del siglo IX. El reborde inferior con cabochones está datado a finales del siglo IX.
De composición tardía (siglo XVI), está constituido de fragmentos de orfebrería de épocas diversas (siglos VII-XIII). Los elementos más antiguos son la placa compartimentada (siglo VII) y los trozos de plata dorada con calados al cincel, que lo rodea (siglo IX).
Sobre los hombros de la Virgen, emblemas esmaltados llevan escudos señoriales aun no identificados. Por otro lado, distinguimos en el pliego de las ropas un sello-firma de orfebre (fin del siglo XII).
Cuadro de la segunda mitad del siglo XIII, con numerosas casillas destinadas a contener reliquias, acompañadas de la inscripción de los nombres de los santos. Destacamos los de San Géraud (de Aurillac) y de san Priest (o Projet), de Clermont-Ferrand.
Este San George fue un monje de Conques, que llegó a obispo de Lodève en el 877, cuyo brazo derecho está mencionado en una lista de reliquias establecida en el siglo XVII. La mano bendice a la forma occidental. El Cristo crucificado, en la parte de abajo de la manga, esta ya diseñado en el estilo gótico (finales del siglo XIII - principios del siglo XIV).
Recubierta de plata en parte dorada, esta obra ofrece la ventaja de estar bien documentada; lleva en efecto el sello del orfebre rouergat Pierre Frechrieu, y el de la ciudad de Villefranche-de-Rouergue ; además, los contratos establecidos para su ejecución permiten conocer con todo detalle las cantidades de plata, los plazos y las condiciones de realización de este relicario ejecutado en 1493-1494. La estilística, es próxima a la bella escultura gótica tardía de Rouergue y de Albigeois, en particular por el encanto delicado que encontramos en los personajes de la Anunciación de Inières (Aveyron). La iconografía es acorde con su juventud (cabellos en la espalda), su virginidad (corona), su muerte (parrilla y espada) y su estatuto de mártir (palma).
Esplendida obra de finales de la Edad Media, esta cruz fue igualmente realizada por Pierre Frechrieu, orfebre de Villefranche-de-Rouergue, activo entre 1493 y 1512, fecha de su muerte. En el dorso, en lugar de la Virgen, figura una graciosa silueta de santa Foy, joven adolescente con cabellos largos rizados.
El nudo de la cruz presenta ocho figurines de apóstoles bajo doseles de arquitectura gótica. Debajo del montante que carga el Cristo, hay una cavidad que contiene las reliquias de la Verdadera Cruz (Lignum Crucis).
Este manuscrito sobre pergamino del siglo XI, en parte compuesto por Bernard, maestro de la escuela-catedral de Angers, al regreso de su viaje a Conques hacia 1013, describe la iglesia pre-románica, la Majestad -venerada como un icono-y otras reliquias, y relata los numerosos milagros ligado al culto de cuerpos santos.
Está realizado en una tela de seda roja, entreverado con hilos de oro, con relieves decorativos en plata dorada representando florituras y manos cruzadas. Esta pieza data de finales de la Edad Media o más probablemente del siglo XVI. Atestigua la devoción tradicional a la santa de Conques, rezada por las mujeres para una feliz maternidad; el nombre de Foy es aún utilizado, en agradecimiento de este beneficio.
El Tesoro acoge además otras obras, de un interés artístico menor pero de una importancia real para la historia de Conques después de la época de esplendores románicos: bustos-relicarios, cruz de cobre recortado, incensarios, portaviático en cobre, aceitera y lechera en estaño, placa de plomo, molde de sello, manuscrito, etc.
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