El claustro, sin duda uno de los más bellos de la Francia meridional, fue construido a finales del siglo XI por el abad Bégon III, bajo el crucero sur de la abadía, pero desapareció en gran parte a principios del siglo XIX, por falta de mantenimiento. Esos materiales sirvieron, entonces, de cantera para los habitantes del pueblo. Porsper Mérimée llegó algunos años más tarde para salvarlo.
Solo fueron salvados, al este, dos pequeños pórticos abriendo sobre la antigua sala capitular y, al lado opuesto, los seis huecos dobles que ponían en comunicación la galería occidental del claustro y el refectorio de los monjes. Los trabajos realizados en 1972 por los Monumentos Históricos han acabado con la reconstrucción del área del claustro. El descubrimiento, bajo una capa gruesa de tierra, de fragmentos del adoquinado y las de las fundaciones del murete que carga la columnata interior permitieron reconstituir el trazado de tres de las cuatro galerías.
El emplazamiento de la última está ocupado por el edificio que acoge actualmente el Tesoro. El adoquinado hecho y el murete remontado sugieren perfectamente el plan inicial del claustro románico, cuya consagración pudo tener lugar en el año 1100, como parece indicar un dintel grabado recientemente descubierto.
Se revela casi pequeño (28m x 26m) en comparación a su contemporáneo, el de Moissac (39m x 37m), pero los constructores tuvieron que tomar en cuenta las dificultades inherentes por la falta de espacio. El monumento no denota por lo tanto un proyecto menos ambicioso, tanto en el plano de la arquitectura como en el de la escultura. Una treintena de capiteles provenientes de los pórticos desaparecidos están expuestos o en el antiguo refectorio, a la entrada del Tesoro, o en la sala lapidaria, en el sótano del museo Joseph Fau. Todos se identifican fácilmente gracias al empleo de caliza gris clara proveniente de la Meseta Comtal, un material que no existe en ningún otro lugar. Sobre los cestos y los labrados, al lado de los temas de animales o de los ángeles, todo un mundo de monjes constructores, guerreros, pero también acróbatas y amaestradores de monos, hace revivir para nosotros la sociedad de principios del siglo XII.
La gran pila claustral fue reconstruida y restaurada a partir de elementos de origen. Tanto por la calidad de la piedra utilizada - una serpentina de coloración verde oscura- como por la belleza de su concepción y de su decoración tallada, esta pila, por desgracia privada de su pilón central, representa una pieza sin parangón conocido en todo el arte monástico.