Los alrededor de 250 capiteles románicos de la abadía se reparten esencialmente, por el interior del edificio, sea al nivel de los arranques de las grandes arcadas en cañón de medio punto del deambulatorio, del crucero y de la nave, sea en el piso de las tribunas, sea en el nacimiento de las bóvedas bajo los arcos dobles.
Bien descritas y analizadas por los historiadores de arte, estas imágenes de piedra, estudiadas desde un punto de vista estilístico, permiten seguir y comprender el avance del trabajo de este a oeste. En efecto, varios talleres de escultores se han sucedido o han plasmado simultáneamente su arte, utilizando el gres rojo y la caliza amarilla como materiales.
Después del reino del capitel almocárabe, que lo encontramos alrededor de la cabecera, en el coro y hasta el deambulatorio, aparecen el capitel figurado y el de tipo corintio, con grandes hojas de acanto.
En las tribunas del coro y del crucero, las hojas desnudas dominan en las cestas, pero desde finales del siglo XI y a lo largo de las primeras decenas del siguiente, bajo el impulso conjugado del "taller de Begon", del "taller auvergnat" y de las realizaciones del "maestro del tímpano", la escultura de los capiteles evoluciona y cuenta, en las tribunas de la nave sobretodo, con sus más bellos logros. Escenas profanas y, en menor medida, religiosas, son de aquí en adelante tratadas con un excepcional virtuosismo, y el repertorio iconográfico, prestado tal vez en algunos casos, de los relatos épicos de la época, se diversifica y se prolonga en las tallas decoradas con molduras y redes de follaje y se anima con los representantes más de moda del bestiario fantástico.
Las primeras campañas de trabajo, bajo los abades Odolric y Etienne II en el tercer cuarto del siglo XI, nos han dejado los más importantes conjuntos conocido de capiteles almocárabes junto con el de Saint Pierre de Rode, en Cataluña. Son una treintena, todos tallados en gres rosa, en el interior de absidiolos del crucero y alrededor de la cabecera así como en el pórtico septentrional; El almocárabe es un motivo original, compuesto de cintas planas, aparece casi siempre como tres ramitas que se cruzan o bien se anudan pasando alternativamente una por encima de la otra como si fuera un trabajo de cestería, antes de desarrollarse en una palmeta terminal.
Los cuatro capiteles almocárabes y palmetas del pórtico del crucero norte se encuentran, por su riqueza, entre los más bellos logros de la escultura ornamental de la época románica. Posteriormente, este estilo desaparecerá completamente en beneficio del capitel corintio clásico, incluso si es interpretado aquí con collarines superpuestos de hojas en bisel, ligeramente despegado de la cesta en su extremidad. A menudo estas hojas aparecen lisas, vírgenes de toda escultura, como si se tratara de capiteles inacabados.
Las primeras experiencias de representación de la figura humana, sobre fondo almocárabe todavía, realizados en el deambulatorio, preparan el futuro del capitel historiado, es decir el completo desarrollo de la escultura románica. De esta forma, en el crucero sur, el "ciclo de san Pierre" ocupa tres capiteles con el arresto, la liberación y la crucifixión cabeza abajo del príncipe de los apóstoles. Sobre la pila que separa los dos tramos derechos del coro, en la mitad, el sacrificio de Isaac está en el emplazamiento habitualmente reservado a la prefiguración del sacrificio del Cristo sobre la cruz, es decir cerca del altar principal.
Uno de los últimos capiteles datados, sobre el cuarto pilar norte de la nave, está consagrado a la condena de santa Foy, víctima de las persecuciones del emperador Diocleciano. Seis personajes se alinean alrededor de la cesta a intervalos regulares, los pies puestos sobre el astrágalo. En el lado derecho, un ángel portador de una cruz pone la mano sobre el hombro de santa Foy, delante de él, como para animarla en la prueba. Un hombre toma a la santa del brazo y parece llevarla por la fuerza para comparecer delante del procónsul romano Dacien. En el ángulo opuesto, este último está sentado en un trono y da él mismo a un verdugo la larga espada que servirá para el suplicio de la decapitación. En el lado izquierdo de la cesta, el mal genio de Dacien hace pareja con el ángel guardián: está representado con los trazos de un diablo monstruoso sujetando con sus dos manos una serpiente. Esta escena expresiva, sin lugar a dudas, anuncia ya el tímpano del Juicio final.
El grupo más importante de capiteles nos fue legado por los escultores que trabajaron en las tribunas de la nave a principios del siglo XII. Su inspiración y su imaginación parecen inagotables, tanto en las cestas ornamentales como en los motivos zoomorfos que se desarrollan e incluso en las tallas o en la figura humana. A excepción de la Anunciación, todos los capiteles historiados evocan temas profanos donde varios de estos últimos podrían haber sido prestados de relatos épicos, como la Canción de Roland. Ante la imposibilidad de vincularlos a episodios precisos de la epopeya la duda subsiste. Observamos esta influencia en la tribuna norte de la nave delante los tocadores de olifante, doblados por una razón de simetría y separados por una elegante palmeta. Las dotes de observación del artista se revelan aquí por este gesto de la mano puesta en la cadera. En la tribuna meridional, ante nuestros ojos, se desarrolla un duelo cara a cara entre dos hombres armados. Protegidos por su escudo, combaten armados, uno con la espada corta, el otro con la lanza. Este último sin duda parece ser el vencedor pues acaba de atravesar el escudo de su adversario a la altura del pecho. Todos los detalles del equipamiento militar son presentados con un cuidado escrupuloso. No lejos de ahí, un combate arduo opone dos jinetes que han puesto sus monturas cara a cara.
El grupo esculpido de la Anunciación está situado a unos ocho metros del suelo, sobre el muro del brazo norte del crucero. Bajo los arranques de una arquería sugiriendo una decoración arquitectónica, se presenta la escena tradicional en la cual el ángel Gabriel, identificado por una inscripción grabada sobre su filacteria, se inclina ligeramente en una actitud de respecto y se dirige a la Virgen María. Esta, ocupada en hilar lana, da rápidamente su rueca a una joven sirviente que está atrás, en el lado derecho, con una pelota en la mano. María, no obstante, no abandona su calma y, la mano bien abierta en su pecho, expresa su consentimiento o su sumisión.
Estamos ante una sabia puesta en escena, donde cada uno de los actores expresa por el gesto o por una actitud el rol que le es asignado. Los personajes no tienen nada de estáticos. La incontestable solemnidad de la escena del Anuncio a María esta equilibrada por la nota familiar de la sirviente de la pelota y de la rueca. Esta configuración de la Virgen hilando aporta la prueba de que el artista ha ido a buscar su inspiración en uno de los evangelios apócrifos, el de Santiago.
De un lado y del otro de este alto relieve, en ángulos del crucero, están alojadas las estatuas del profeta Isaías, a la izquierda y San Juan Bautista a la derecha. El primero sujeta, en la mano izquierda, un bastón terminado por tres ramos de hojas, evocación del árbol de Jessé; en la otra, una filacteria donde se lee la profecía de la Anunciación: "un ramo saldrá de la cepa de Jessé". Enfrente, San Juan Bautista, vestido de una túnica de piel de camello, el brazo derecho levantado hacia el cielo, lleva un libro abierto con la inscripción "Juan dice: he aquí el Cordero de Dios"
Un emplazamiento tal para estas obras sorprende, pues no resaltan en absoluto los personajes: iluminados a contraluz, aparecen poco visibles a pesar de su talla (casi tamaño natural) y como exiliados. No podemos hacer otra cosa que estar de acuerdo con lo dicho por varios historiadores de arte según los cuales, estas esculturas habían sido concebidas para situarlas en el gran pórtico occidental.
Sobre el plan artístico, este grupo de esculturas de una gran calidad, sorprende notablemente por el alargamiento de los cuerpos de los dos profetas, totalmente inhabitual en la escultura de Conques. La espiritualidad intensa que emana de la cara de la Virgen contrasta con la expresión casi maliciosa de la sirvienta, mientras que la cara de Isaías, por su energía y la fijeza de su mirada, nos lleva más allá del mundo de las apariencias.
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