La acogida y la circulación del gentío han determinado la estructura de la iglesia abacial. Los laterales que encuadran la nave, canalizan los peregrinos en dirección del deambulatorio cuyo semicírculo rodea el coro, lugar de exposición de la Majestad de Santa Fe y diversos relicarios. La nave y los dos brazos del crucero, con dimensiones generosas, son capaces de acoger centenares de fieles y permiten a todos ver al sacerdote oficiando en el altar mayor, erigido en la intersección de los dos ejes perpendiculares, bajo la cúpula. En caso de afluencia excepcional, se podían utilizar las extensas tribunas caladas de arcadas dobles. Al este, las siete capillas abiertas sobre el deambulatorio y sobre el crucero multiplicaban el número de altares secundarios y permitían la celebración simultánea de la misa por los sacerdotes.
Este plan cruciforme de capillas resplandecientes es, en grandes líneas, el de las iglesias denominadas « de peregrinaje » como San Sernín de Toulouse. En el centro de este grupo, Santa Fe conserva no obstante su personalidad. Percibimos, en efecto que sus características específicas son, en gran parte, el resultado de las condiciones naturales a las cuales los maestros de obra parecen doblegarse imperativamente. Si bien el emplazamiento elegido en su origen por Dadon convenía a un ermitaño, no ocurría lo mismo respecto a la edificación de una abadía y de una iglesia de la importancia de ésta. Por esto, fue necesario construir grandes muros de apoyo al norte para impedir los derrumbes del terreno y al sur para soportar el terraplén del claustro actual. A causa de esto, la iglesia abacial, vista desde la plaza Chirac, parece hundida en el fondo de una fosa, mientras que desde el lado contrario, domina de su masa imponente el claustro, colgado él mismo encima del barranco. La superficie disponible para las construcciones tenía que ser limitada y además, la presencia de la fuente del Plô y de su reserva subterránea, debajo de la plaza, impedía toda expansión de la iglesia en esta dirección.
Estos diversos imperativos dictados por la topografía del emplazamiento de Conques explican el plan extremadamente recogido: el ábside de poca profundidad con tres capillas, en lugar de las cinco habituales, la nave muy corta (20,70m) con respecto al crucero de una anchura inusitada (35m). Y, como para compensar la modestia de sus dimensiones en el suelo, el edificio se desarrolla en altura. Esta es probablemente su gran originalidad. Pensemos que San Sernín de Toulouse, para una longitud total de aproximadamente el doble, tiene una altura bajo las bóvedas de la nave ligeramente inferior a la de Santa Fe.
La misma esbeltez se encuentra en el exterior, en la fachada alta cuya austeridad de fortaleza solo está alegrada por las rosáceas piedras policromadas. Lateralmente, no hay nada que interrumpa la verticalidad de los contrafuertes que suben de un solo golpe hasta los tejados. Rodeando el edificio, descubrimos de repente la cabecera y la suntuosidad de su elevación piramidal. Aquí, el triple escalonamiento de los volúmenes, magníficamente aparejados, refleja la estructura interior de la iglesia.
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