El gran período de Conques, de mediados del siglo XI al primer tercio del siglo XII, corresponde al de la construcción de la abadía. Bajo el impulso del abad Begon III (1087-1107) en particular, el monasterio de Santa Foy llegó a su apogeo. Continuando los trabajos comenzados por sus predecesores, Odolric (1031-1065) y Etienne II (1065-1087) en la nueva iglesia, Begon emprende la reconstrucción de los edificios monásticos y del claustro. El aumento del número de monjes lo hizo, sin duda, indispensable. Conques se transforma entonces en un inmenso taller. "Hizo recubrir de oro numerosas reliquias" y algunas de las más bellas piezas del Tesoro salieron de los talleres de orfebrería y de esmaltado que se abrieron bajo su mandato. Al mismo tiempo está certificada la existencia de una escuela monástica, con su biblioteca y su taller de manuscritos.
Paralelamente a la institución eclesiástica, una comunidad de habitantes se agrupa progresivamente, reuniendo comerciantes y artesanos y liberándose lentamente de la autoridad religiosa. Una carta fechada en 1288-1289 confirma, por ejemplo, la concesión de privilegios, sobre todo económicos por parte del abad Raymond Dufour a una universitas de Conques, a la cabeza de la cual se encontraban los síndicos, por lo que reconocía implícitamente su existencia. A lo largo de este siglo XIII, cada vez que un nuevo cargo eclesiástico asumía la más alta dignidad, se veía obligado a renunciar a alguna parcela de poder; como el abad Hugues de Panat, que en 1250 se vio obligado a aceptar que en lo sucesivo no recibiría de la población "tallas, colectas o diezmos". Y si nos remontamos más atrás en el tiempo, está confirmada por un texto de principios de este siglo, la presencia en Conques de cuatro miembros de la magistratura de trabajo, calificados ya como cosols (cónsules).Nació pues un consulado que iría creciendo dada su gran influencia en el terreno económico. Poco después del año mil, el Libro de los Milagros de santa Foy revela la existencia de una "ciudad importante, asentada en la colina por encima del monasterio".
En efecto, una pequeña ciudad se desarrolló en la vertiente soleada de la abadía, protegida por un cinturón amurallado, perforado por puertas fortificadas y flanqueadas por algunas torres. Una red de callejuelas, algunas pavimentadas, comunicaban en otros tiempos los lugares santos y los diferentes barrios habitados. A pesar de la pendiente del terreno, varias fuentes procuraban agua a los habitantes y un mercado medieval constituía el corazón de los intercambios económicos.
Extramuros de la ciudad, se desarrollaba el único suburbio donde se concentraban las actividades artesanales (molinos y curtidurías en el borde del Ouche y del Dourdou) así como los talleres de los tapiceros, talladores y zapateros principalmente.
Ignoramos el número de habitantes en el siglo XII que fue probablemente el del apogeo. Pero en 1341, Conques contaba todavía con 730 hogares (una unidad familiar ampliada, según los historiadores demográficos) es decir alrededor de 3000 habitantes y se situaban así en el séptimo lugar entre las ciudades de Rouergue. No se trata pues de un simple pueblo, sino de una población de carácter urbano, gobernado por cuatro cónsules designados cada año por sus habitantes. Al final de la Edad Media, parece incluso que la función de mercado regional viene a sustituir al aporte de los peregrinos, ahora en decadencia. En el siglo XV, el rey Carlos VII autorizará, por ejemplo, el establecimiento de ferias anuales y un mercado semanal.
No parece que la secularización del monasterio, en 1537, trajera un golpe sensible a la prosperidad de la ciudad. Al contrario, la nueva comunidad de canónigos que de aquí en adelante siguieron la Regla de san Agustín, estaba dotada de ganancias substanciales y constituía una clientela de interés para instalarse en las bellas residencias de Conques. Pero pronto llegó el tiempo de las desgracias. Al incendio provocado por los protestantes en 1568 que provocó alteraciones importantes en la abadía y en el claustro, le suceden períodos de epidemias y de hambre. La peste de 1628 fue particularmente mortífera; los habitantes atrapados por el pánico, van a buscar refugio en los secaderos de castañas, en medio de los bosques. Seguidamente, una serie de malas cosechas desencadena una nueva ola de mortalidad, entre 1693-1694 principalmente, como testimonia el registro parroquial. Los canónigos deben venir a la ayuda de los hambrientos con la distribución gratuita de habas.
Después de esta sucesión de calamidades, Conques se volverá a poner en pie con mucha dificultad. A mediados del siglo XVIII, sus habitantes son menos de un millar, en vísperas de la Revolución de 1789, seiscientos treinta solamente. Es cierto, no se debería ensombrecer el cuadro más allá de la medida. Se construyó mucho durante los dos últimos siglos del Antiguo Régimen. Existen todavía, junto a los canónigos y la fraternidad de los sacerdotes seculares establecida en la iglesia de Santo Tomás de Canterbury, próxima a la abadía, hombres de ley, ricos comerciantes y artesanos activos, a la imagen de Guillaume Chirac, carpintero y padre de Pierre Chirac, nacido en Conques en 1657 y que fue, después de una prestigiosa carrera, primer médico del rey Luis XV. Sin embargo, campesinos y vinateros constituyen en ese momento, junto con los mendigos, la mayor parte de la población conquese. En 1771, el cura respondió en estos términos a un cuestionario sobre el estado de la diócesis pedida por el obispo de Rodez, Monseñor Champion de Cicé: "No hay ningún comercio a causa de la falta de carreteras transitables... dos tercios de las familias pasan la mitad del tiempo sin pan...Hay alrededor de ochenta inválidos, entre los que se encuentran varios niños, y cien mendigos en la parroquia" Y el cura concluye este triste cuadro. "Hoy, sufrir de hambre, vivir de castañas, vender las tierras y trabajar para otros: he aquí los recursos, he aquí la situación"
Esta situación se agrava más durante el período revolucionario. El decreto de la Asamblea Constituyente suprimiendo las órdenes religiosas en Francia es uno de los golpes más severos para el pueblo ya que provoca el cierre del monasterio y la dispersión de los canónigos. El ultimo de los abades de Conques a la cabeza del capítulo, Francois-René de Adhéñar de Panat, antiguo capellán de las princesas Henriette y Adélaide de Francia, hijas de Louis XV, se retira a Rodez. La pérdida es irreparable: los canónigos aseguraban los gastos de mantenimiento de la abadía, pero también los del hospital de San Foy que acogía a los indigentes. Es al ayuntamiento, nuevamente elegido, a quien incumbe a partir de ese momento soportar todos estos gastos, pero se encuentra incapaz de hacerles frente por falta de medios financieros suficientes.
El siglo XIX ve acelerar la decadencia. Conques cae al nivel de un simple pueblo aunque con los servicios de un cabeza de comarca, lo que le aseguran un mínimo de vitalidad económica.
Bajo la monarquía de Julio, se produce un acontecimiento excepcional: la venida, en 1837, del escritor Prosper Mérimée, con título de inspector de Monumentos históricos, que llama la atención a las autoridades gubernamentales sobre el estado de ruina de la abadía románica. Esta inspección, efectuada en el marco de su viaje a Auvergne, es el origen del redescubrimiento, del estudio y de la protección del patrimonio medieval. De aquí en adelante, este monumento señero de la arquitectura occidental, clasificado con el título de Monumento Histórico, se beneficiará, con vistas a la restauración, de una atención particular y de créditos públicos importantes. A esta toma de conciencia colectiva por parte de los regímenes políticos sucesivos, se añade la de las autoridades religiosas locales, sobre todo la figura emblemática del cardenal Bourret, obispo de la diócesis, que favorecerá la llegada a Conques, en 1873, de una nueva comunidad eclesiástica perteneciente a la orden de Prémontré, con el encargo de volver a dar vida al lugar, una vida espiritual, continuando con la tradición de los peregrinos de Santa Foy.
Una historia tan rica, un patrimonio tan prestigioso, protegido, constantemente cuidado y revalorizado desde hace ciento cincuenta años, hacen de Conques un gran lugar cultural de entre los más visitados de Francia.
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