En el siglo IX, en una época donde el culto de las reliquias tomaba cada vez más envergadura, donde la presencia de los cuerpos santos implicaba para la abadía que los poseía, una gran preeminencia espiritual, Conques se encontraba singularmente desprovista. Fue entonces cuando sus monjes, después de varias tentativas infructuosas, echaron el ojo sobre las preciosas reliquias de santa Foy de Agen, muy venerada en Aquitania. El rapto, llamado púdicamente "transferencia furtiva" se situó hacia 866.
La llegada de santa Foy a su nueva patria, donde multiplicó los milagros especialmente hacia los ciegos y los prisioneros, atrajo innumerables peregrinos venidos de toda Francia para recibir los beneficios de la santa. Esta nueva situación equivalió a una segunda fundación para la abadía conquese cuya expansión continuó en lo sucesivo, sin interrupción, durante casi tres siglos. Gracias a la prosperidad que generó, nació en los siglos XI y X, una primera generación de obras de arte, de entre las que destaca especialmente la célebre estatua relicario de santa Foy, que los fieles venían a venerar en una iglesia de tres naves precedidas de un pórtico - campanario.
En la misma época, la tumba del apóstol Santiago, en Compostela, comenzó a suplantar los otros grandes peregrinajes del mundo cristiano. La notoriedad de los milagros de santa Foy era en aquel entonces suficiente para que Conques fuese elegida como ciudad-etapa de uno de los cuatro grandes caminos franceses: el que comenzaba en Puy-en-Velay. Después de la temida travesía por las soledades de Aubrac, los peregrinos, caminando solos o en grupo, llegaban a los paisajes más acogedores de las orillas del Lot, en Espalion. Desde Estaing, por los pueblos de Golinhac, donde una cruz de piedra lleva siempre la imagen de un peregrino armado con su bordón; después Espeyrac, Sénergues y San Marcel, tras lo cual llegaban a Conques después de una larga caminata. Después, dos itinerarios se ofrecían ante ellos para desembocar en Quercy y la abadía de Moissac. El más corto atravesaba el Dourdou, por el puente "romano" (llamado así por el paso de romius, los "peregrinos" en occitano) y permitía alcanzar Aubin. Otro tomaba, en Conques, la puerta de Vinzelle y se dirigía hacia Grand-Vabre y Figeac, al noroeste. Los peregrinos, con las donaciones o las ofrendas, aportaban a la abadía de Santa Foy el poder y la riqueza, y por lo tanto las condiciones de su esplendor artístico.
El culto a santa Foy, hasta entonces limitado a Rouergue y las provincias vecinas, se difundió en toda la Cristiandad, mantenido por la devoción de los peregrinos y amplificado a principios del siglo XI por una obra literaria de importancia, el Libro de los Milagros de santa Foy, que escribió en parte Bernard, maestro de la escuela episcopal de Angers. Paralelamente, el monasterio de Conques que poseía innumerables tierras y prados en un radio de una veintena de kilómetros y que había acumulado bajo su influencia una población urbana importante, no cesaba de extender sus posesiones en Rouerge y en todo el Occidente cristiano de Santa Foy: de Cavagnolo, al Piamonte, a Horsham, en Inglaterra, Sélestat o incluso desde Bamberg, en el mundo germánico, hasta Cataluña y Navarra. El "cartulaire" de la abadía - un manuscrito del siglo XII que reúne cartas de donaciones- nos permite asistir a la construcción, durante cerca de trescientos años, de un verdadero imperio monástico, suficientemente poderoso como para salvaguardar su independencia frente a la influencia de Cluny que la ejercía en aquel entonces sobre la mayor parte de las grandes abadías benedictinas, como San Géraud de Aurillac o San Pierre de Moissac. Más aún, Conques supo rivalizar con la influencia de Cluny, en el momento de la Reconquista de la España septentrional sobre los musulmanes, fundando iglesias o dando a los obispos nuevas diócesis en Aragón y Navarra.
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